
Carmeta Baylina.
Carmeta Baylina, natural de Sort (Lleida) pero residente en Ponts desde que tenÃa seis años, ha decidido instalar su salón en el rÃo Segre porque no puede hacer frente a los gastos de mantenimiento de la gran casa familiar en la que vivÃa hasta ahora.  ”El rÃo es de todos”, argumenta, “mi padre, Quimet ‘lo Torrat’, se pasó la vida pescando truchas en el Noguera Pallaresa y no entendÃa de hipotecas ni de EurÃbor; yo tampoco entiendo de eso y sólo sé que estoy en mi tierra y que tengo derecho a vivir en ella”.

Carmeta Baylina, la "dama del Segre", posa orgullosa ante la cámara en la intimidad de su nuevo hogar.
Carmeta Baylina, natural de Sort (Lleida) pero residente en Ponts desde que tenÃa seis años, ha decidido instalar su salón en el rÃo Segre porque no puede hacer frente a los gastos de mantenimiento de la gran casa familiar en la que vivÃa hasta ahora. “El rÃo es de todos”, argumenta, “mi padre, Quimet ‘lo Torrat’, se pasó la vida pescando truchas en el Noguera Pallaresa y no entendÃa de hipotecas ni de EurÃbor; yo tampoco entiendo de eso y sólo sé que estoy en mi tierra y que tengo derecho a vivir en ella”. A sus setenta y dos años, enfrentándose a las autoridades que amenazan con desalojarla y con la ayuda de sus dos hijos leñadores, ha plantado el sofá de toda la vida en el agua y, aunque ha tenido que renunciar al televisor por razones obvias, “me entretengo haciendo punto y conversando con amigos que vienen a hacerme compañÃa y a traerme comida”.
Echada en su sofá con total parsimonia, afirma que no le teme al frÃo ni al reuma porque “en este paÃs siempre ha hecho un frÃo ‘de ca’l déu’ (de mil demonios) y ya estoy más que acostumbrada”. “Su marido estarÃa orgulloso” afirma una vecina que ha venido a traerle ensalada, queso y “dolcet de la padrina”. “Esta familia siempre ha sido muy asÃ, ella parió a los niños de pie, como quien dice, sin dejar de hacer lo que estuviera haciendo en su momento, y cuentan que cuando su esposo visitaba Barcelona paraba los taxis a bastonazos como si fueran cabras”, añade. El cura del pueblo, “lo pare Peruga”, ha intentado disuadir a Carmeta sin éxito: “ya le he dicho que está haciendo el ridÃculo, que vendrán los Mossos y se la llevarán como a los drogadictos y a los hippies, pero cuanto más se lo dices, más tozuda se muestra”. El pueblo está dividido entre aquellos que defienden su postura como sÃmbolo de resistencia ante la degradación de la vida rural y los que temen por la salud de la anciana. Todos, eso sÃ, coinciden al ensalzar la valentÃa de esta mujer a la que cariñosamente apodan “la dama del Segre”.
Asà se asegura el agua corriente.