Hay que tomarse en serio a los semáforos. Y no estoy hablando de seguridad vial. Hay que tomárselos en serio incluso a nivel teórico, porque un simple semáforo puede convertirse en motivo de discordia, en una verdadera amenaza para la convivencia pacÃfica de las ciudades y sus gentes. Lo he comprobado. Cuando se enciende la luz verde, se pasa. Cuando se enciende la roja, se espera. En eso estamos todos de acuerdo, al menos en lo que respecta a la teorÃa. De acuerdo, muy bien. ¿Pero qué ocurre con esos semáforos que, en principio, están siempre en verde para los automóviles a no ser que el peatón anuncie su presencia pulsando un botón? Ay, amigos, en este punto la cosa se complica. “¿Tanto se complica?”, preguntarán ustedes. Pues sÃ. Tanto se complica.
El mes pasado la asociación vecinal López de Hoyos de Madrid publicó en su boletÃn mensual un controvertido artÃculo titulado “El semáforo de la parada de metro de Alfonso XIII: ¿un placebo?”. El semáforo al que se refiere este texto es, en términos de su autor, “de prejuicio de ausencia”. Da por supuesto que no hay peatones a no ser que uno de ellos le comunique lo contrario. Muy bien, el semáforo con botón de toda la vida se llama ahora “de prejuicio de ausencia”. Tomen nota porque a partir de aquà la cosa se complica aún más, si cabe. La tesis del autor -y estoy resumiendo mucho- es la siguiente: el botón del semáforo de la parada de metro de Alfonso XIII, ubicado en la calle López de Hoyos, estuvo averiado durante una semana y tres dÃas. Cuando el peatón anunciaba su presencia pulsándolo, nada ocurrÃa. Lo que pasa es que “hay testigos que certifican que el semáforo seguÃa poniéndose en verde para los peatones, aun cuando en teorÃa el prejuicio de ausencia no se habÃa puesto en entredicho, tal como ocurrÃa antes de la citada averÃa”. La conclusión de muchos de sus usuarios, incluido el que firma dicho artÃculo, es que el botón no sirve para nada y que es un placebo. ¿Qué sentido tiene esto? Es una pregunta legÃtima, de sentido común, pues parece que no tiene ninguno. “Nos obligan a pulsar un botón porque quieren dar la sensación de que el ciudadano decide sobre los asuntos públicos, de que puede establecer cuándo el semáforo tiene que ponerse en verde y cuándo no. Estamos hablando, en definitiva, de manipulación en el contexto de una falaz democracia en la que creemos que nuestros votos sirven de algo”.

Un vecino mirando con desprecio el botoncito de la discordia.
Detengámonos aquÃ, aunque sea para tomar aire. Imagino que se habrán dado cuenta de lo peligroso que puede llegar a ser un semáforo en manos de una comunidad tendente a la paranoia. El semáforo como arma de agitación social, incluso polÃtica. Y es tal el poder de seducción de las teorÃas conspirativas que el delirante artÃculo de la asociación López de Hoyos recibió una réplica que, lejos de mostrar la insensatez de la tesis conspirativa, partÃa de ella aunque para obtener conclusiones opuestas. Me refiero al texto titulado “Los beneficios del placebo: una defensa socialdemócrata del falso prejuicio de ausencia”, publicado también en el boletÃn de la citada asociación vecinal. Sintetizando de nuevo, este segundo texto arranca con una acérrima defensa del placebo como herramienta médica y farmacológica, nombrando casos concretos y recurriendo incluso a la historia del ejercicio de la medicina. Los argumentos cientÃficos se emplean para defender la legitimidad del semáforo de la parada de metro de Alfonso XIII, asumiendo desde el principio que, efectivamente, el botón no sirve para nada. Esta teorÃa ha sido refutada por el autor del primer artÃculo y por varios de sus secuaces, totalmente contrarios al semáforo. De hecho, se ha pasado de la teorÃa a la práctica: muchos de los vecinos del barrio han empezado a cruzar la calle haciendo caso omiso de lo que indica el semáforo, y los más atrevidos deciden regular el tráfico ellos mismos para demostrar que el peatón -representante aguerrido de la clase obrera- puede decidir por sà mismo acerca de sus condiciones de existencia, incluyendo éstas el funcionamiento del dichoso semáforo-placebo. Por supuesto, afirmar en voz alta que el botón funciona y que no hay ningún placebo -defender, en definitiva, la versión oficial- implica situarse en el grupo de los negacionistas. Lo cual puede acarrear miradas de desprecio, burlas y discriminación por parte de toda la comunidad vecinal. Yo soy negacionista en cuanto al semáforo de la parada de Alfonso XIII, no me da miedo reconocerlo. Y mi compañera sentimental, mal que me pese, ha llegado a sospechar y empieza a observar el semáforo con recelo. Como el tema está empezando a afectar a mi vida personal, he creÃdo conveniente compartirlo con ustedes, aunque sólo sea para desahogarme. Entiendan que no puedo hablar de esto con nadie. Absolutamente nadie. Y me siento acorralado.
Siempre creà que todos los semáforos con botón eran placebos, ¿de verdad alguno se pone verde cuando pulsas?
Desde luego, al pobre semáforo lo han puesto verde…
hay pájaros que pian para confundir a los peatones ciegos
Absolutamente placebo, o absolutamente absurdo. El botón ese no vale para nada.
Y lo malo es que esos pájaros no los oyen los sordos…
Todavia hay quién no pulsa el botón por si se electrocuta. ¡Serán paletos!.
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Xavi, esto es ya lo último… No solo eres incapaz de ver que nos están tomando el pelo, sino que además defiendes tu ingenua postura en público. Te tenÃa por un hombre de verdad. Nuestra relación ha terminado.
P.d.: el coche me lo quedo yo. Total, tú te llevas de maravilla con el dichoso botón para los peatones.